lunes 30 de mayo de 2011

Recuerdos de Senna.

El 1 de mayo de 1994 era domingo. Aquel fin de semana se disputaba el Gran Premio de San Marino de Fórmula 1. Recuerdo que estaba viendo la carrera en casa, mientras comía con mis padres, cuando sucedió la catástrofe. El Gran Premio había sido trágico desde el mismo viernes, con un pavoroso accidente de Rubens Barrichello durante los entrenamientos, del que milagrosamente salió ileso. El sábado, durante la clasificatoria para la carrera, Ratzenberger perdió la vida en un accidente brutal, a 300 km/h. Yo nunca había vivido la muerte de un piloto de Fórmula 1. Fue realmente descorazonado, me puso los pelos de punta. Creía que los coches ya eran suficientemente seguros como para que algo así no pudiera suceder. Pero sucedió.

El domingo había una sensación extraña, como si todo el mundo quisiera que la carrera se acabara cuanto antes. Pero nada más empezar se produjo una nueva tragedia: uno de los coches quedó parado en la salida y otro le embistió por detrás. Lo cierto es que no recuerdo exactamente qué pilotos eran, pero sí recuerdo con bastante nitidez que una de las ruedas saltó por encima de las vallas e impactó contra la tribuna principal hiriendo a varios espectadores. Para entonces yo ya tenía claro que aquel fin de semana se recordaría como uno de los más trágicos de la historia de este deporte. Apenas unos minutos después, tras la reanudación de la carrera, Senna se estrellaba incomprensiblemente contra el muro de Tamburello. Lo único que recuerdo de aquellos minutos era que no podía despegarme de la pantalla del televisor a la vez que intentaba convencerme a mí mismo de que todo aquello no podía ser real. Deseaba que todo fuera un mal sueño del que despertaría de un momento a otro, mientras los médicos atendían a Ayrton Senna a pie de pista. Cubrieron la zona para evitar que las cámaras grabasen lo que ocurría. El recuerdo de Ratzenberger, con los médicos practicándole maniobras de resucitación sobre el asfalto, estaba demasiado fresco. Me negaba a creer que Ayrton Senna estuviera grave. Me negaba a creer lo que mis ojos estaban viendo. Al fin y al cabo, el choque había sido a gran velocidad, pero tampoco había sido frontal. Senna había impactado lateralmente, así que, aunque estaba claro que había perdido el conocimiento, no había motivos para ser alarmistas. Se lo llevaron urgentemente en helicóptero y no supimos más hasta varias horas después de finalizado el Gran Premio. Los peores temores se habían hecho realidad y Senna había fallecido. Yo seguía sin poder creerlo.
Que yo recuerde, desde bien pequeño siempre me gustó la Fórmula 1. En mi casa había mucha afición al mundo del motor y mi hermano me contagió la pasión por este deporte. Yo no me acuerdo de la famosa carrera de Mónaco en 1984 en la que Senna se dio a conocer a nivel mundial (era yo muy pequeño), pero sí recuerdo con bastante claridad lo mucho que me gustaba el Lotus Renault que Senna pilotó en 1985 y 1986. Era precioso, completamente negro, con la decoración (principalmente de John Player Special) en color dorado. A día de hoy, sigo pensando que es el monoplaza más bonito jamás construido. Me habría encantado verlo en pista, con mis propios ojos.
En 1987 mi padre nos llevó a ver el Gran Premio de España a Jerez. Senna seguía en Lotus, pero habían cambiado el patrocinador y ahora llevaba la publicidad íntegra de Camel (que por otro lado, hacía juego con su casco). Ni que decir tiene que mi afición por la Fórmula 1 se convirtió de pronto en una auténtica pasión. El ruido de aquellos coches, el ambiente de las carreras, las múltiples nacionalidades (tanto de pilotos como de aficionados) provocaron en mi un impacto tremendo. Yo sólo tenía 10 años, no era más que un niño, pero aquello hizo que, a día de hoy, siga permaneciendo fiel al Campeonato del Mundo de Fórmula 1. Aquellos últimos años de la década de los 80 fueron probablemente los más divertidos de la historia del deporte con pilotos tan carismáticos como Piquet, Rosberg, Mansell, Prost y el propio Senna. Poder decir hoy en día que yo vi pilotar a todas esas leyendas es algo de lo que me siento orgulloso.

Al año siguiente repetimos en Jerez, iniciando una especie de tradición familiar que continuó hasta que Cataluña se llevó el Gran Premio a Montmeló, en 1991. Allí estuvimos también (allí vi por primera vez a Michael Schumacher, quien había debutado ese mismo año en Bélgica, y cuya rebeldía y pilotaje agresivo me encandilaron de inmediato). En 1992 el calendario se modificó y el Gran Premio de España pasó de disputarse en Septiembre a hacerlo en Mayo. Así que en 1992 no fuimos a Montmeló, sino que fuimos al Gran Premio de Portugal, en Estoril, que se disputaba en Septiembre (y a mi padre le venía mejor por temas de vacaciones). Una de las imágenes imborrables de aquel Gran Premio fue el accidente de Ricardo Patresse en su Williams. Su monoplaza se levantó del suelo al tocar la rueda de otro coche e impactó contras las vallas de protección. Todo la grada se encogió del susto.

La experiencia en Portugal fue fantástica, y un año después decidimos ir al Gran Premio de Italia, disputado en Monza (y también en Septiembre). En aquella carrera también se vivió un escalofriante accidente de Christian Fittipaldi (muy similar al de Patresse en Portugal), que hizo un loop en el aire cuando entraba en meta. Aquel fue el último Gran Premio de Italia para Ayrton Senna. No es que fuera una carrera espectacular para él: en la primera curva (delante de nuestra tribuna) tuvo un toque con otro coche que casi le cuesta el abandono, y a mitad de carrera embistió a otro monoplaza en una frenada y tuvo que retirarse. Tras siete años seguidos asistiendo a los grandes premios, aquella sería la última vez que vería con mis propios ojos a Ayrton Senna.

Creo que con todo esto, uno se hace una idea más aproximada de lo que supone para mi el documental que el viernes pasado se estrenó en varios cines de España sobre la vida de Senna. Viéndolo recordaba todos aquellos años de mi pubertad y adolescencia, aquellos viajes interminables en coche para ir a los Grandes Premios, aquellas sensaciones que se habían arrinconado en alguna esquina de mi cerebro y que colapsaron el 1 de mayo de 1994. No es de extrañar por tanto, que algunas lágrimas brotaran de mis ojos durante varios (y emotivos) momentos del documental. De alguna forma, Senna ha formado parte de mi vida también.

Por otro lado, la película es excepcional en muchos aspectos. Para los aficionados a este deporte, es una oportunidad única ya que arroja algo de luz que ayuda a comprender mejor el deporte en aquellos años (las imágenes de los briefings son impagables) y también muestra en primera persona algunos de los momentos más famosos de la trayectoria de Senna (la reunión mantenida tras el Gran Premio de Japón de 1989 con los comisarios, o su reacción cuando vio el brutal accidente de Ratzenberger a través de los monitores del box de Williams). Además tiene el mérito de que todo el documental se apoya exclusivamente en imágenes de archivo, eludiendo entrevistas actuales y evitando introducir imágenes que no pertenezcan a aquella época. Incluso se ha obviado la figura de un narrador que guíe la historia, por lo que todo el desarrollo argumental se apoya únicamente en el montaje.

Por supuesto, esto no evita cierta manipulación por parte del director. La imagen que se da de Alain Prost, al auténtico némesis de Ayrton Senna, es molestamente simplista. Prost era un piloto excepcional, con virtudes no menos importantes que las que tenía Senna. Es obvio que sus caracteres eran diferentes, al igual que su forma de pilotar, pero eso no justifica que la imagen de Prost en el documental se reduzca a la de un villano celoso y manipulador que ponía la zancadilla a Senna siempre que podía. Algunas críticas dicen que la imagen de Senna se dulcifica en exceso. Yo no diría tanto (y prueba de ello es que se ha incluido una estupenda e incisiva entrevista que Sir Jackie Stewart le hizo a Senna), pero es cierto que Asif Kapadia (el director) ha presentado a Senna como el héroe (profundizando en sus raíces, en sus motivaciones, en su vida personal) mientras que presenta a Prost como el villano (mostrando sólo los aspectos más negativos de su carrera profesional, y no entrando nunca en aspectos personales). Senna no era un santo. Era un piloto agresivo, conflictivo, con una personalidad difícil, temerario en ocasiones, y que también contó con el apoyo de mucha gente del paddock (entre ellos Ron Dennis, quien no dudó en apoyarle frente a Alain Prost en 1989, y los patrones de Honda, que le adoraban como casi toda la afición japonesa). Pero tal vez precisamente por todas esas características y un sinfín de momentos para el recuerdo, Senna se ganó un sitio en el firmamento de la Fórmula 1. Y este documental lo atestigua. Vayan a verlo.

3 comentarios:

Paulina dijo...

Hola

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Si te interesa, escribeme al mail: p.cortez80@gmail.com

Saludos
Pau

Anónimo dijo...

Hola Oscar,

Fui a ver la película y me gustó mucho. Te felicito por tu post.

Me interesé por la F1 cuando Alonso empezó en este deporte.
Sin embargo recuerdo el día en el que Senna murió. Estábamos en una comida familiar y uno tíos comentaban había habido otro accidente, era Senna.

La película me ha permitido tener más datos sobre la trayectoria del piloto y sus coetanios. Quizá si que es demasiado benevolente con la figura de Senna pero es triste saber cómo el avance tecnológico de Williams fue penalizado con lo que las condiciones de seguridad empeoraron.

Hasta pronto,
Jordina

Marc dijo...

Pues habrá que ir a verla. Si narrador ni entrevistas, has dicho? Pues eso, eso hay que verlo.
Por cierto, excelente post.
Salut!