sábado 29 de enero de 2011

Esclavos de nuestros sueños

En su tercera acepción del término "esclavitud", la R.A.E. lo define como "sujeción excesiva por la cual se ve sometida una persona a otra, o a un trabajo u obligación". Y yo creo que se queda corta porque abría que añadir "o a una pasión". Desde que era pequeñito fui inculcado, a través de numerosos métodos, en la firme creencia de que si uno era constante, si se esforzaba lo suficiente y si hacía los sacrificios necesarios, lograría alcanzar sus sueños. Sí amigos, fui un ávido consumidor de televisión en los años 80. Yo, como cualquier otra persona, tengo muchas pasiones. Entre las que puedo hacer públicas está el noble arte de contar historias, preferiblemente en forma audiovisual. Es decir, el cine. Hace ya unos años que me propuse hacer de esa pasión mi labor profesional, persiguiendo así el sueño de poder ganarme la vida contando historias, haciendo películas. Y últimamente me pregunto si me habré tendido a mi mismo una trampa mortal.

No estoy seguro de que las generaciones anteriores a la mía hayan tenido esta misión vital (o necesidad) de perseguir sus sueños. Yo diría que estaban tan preocupados por sobrevivir, por tener un techo bajo el que dormir, y algo que llevarse a la boca, que sencillamente no podían permitirse el lujo de pensar cómo podían hacer realidad sus sueños. Pero soñaban, eso seguro. El problema al que nos enfrentamos hoy en día es que, como crecimos en un entorno en el que no nos faltaba de nada, en el que la supervivencia estaba asegurada, nos pusimos un objetivo mucho más ambicioso que el de nuestros padres: ya no queríamos sólo trabajar y ganar dinero (eso ya lo habían conseguido ellos), sino hacerlo además en aquello que nos proporcionara una satisfacción personal e intelectual. Es decir, en aquello que nos apasionara. No importaba si trabajábamos gratis una temporada, no importaba si teníamos que hacer horas extra sin cobrarlas, no importaba si teníamos que someternos a alguna que otra humillación de vez en cuando. Lo importante era que al final pudiéramos mirar al mundo y decirle: lo conseguí, hice realidad mi sueño, trabajo en aquello que me apasiona. En otras palabras, nos convertimos en un chollo para el feroz mundo empresarial. En nuestra ambición por imitar a nuestros ídolos, seguimos sus pasos sin darnos cuenta de que, para que uno de esas estrellas triunfara, muchos otros candidatos tuvieron que quedarse en el camino. Ah no, nadie nos contó qué pasaba con los que fracasaban.

La situación es la siguiente. Hay una masa ingente de jóvenes (y no tan jóvenes) sobradamente cualificados que están dispuestos a rebajar parte de su dignidad (como trabajadores, y como personas) para alcanzar su ansiada meta. Los empresarios, los productores, y todo aquel que tiene poder de contratación, lo sabe. Ellos ni siquiera tienen que ponernos una zanahoria delante para que corramos tras ella. Nos la hemos puesto nosotros mismos. Pero lo que sí hacen es poner la zanahoria cada vez más lejos. Y nosotros, incautos, seguimos creyendo que si corremos más, acabaremos cogiéndola. Firmamos contratos basura, trabajamos gratis, hipotecamos nuestra vida. Todo por seguir en la brecha, por no quedarnos fuera, por permanecer en la carrera para conseguir nuestros sueños.

En los últimos meses he podido trabajar con gente que ponía en juego no sólo su dinero (mucho dinero ganado a pulso y con esfuerzo), sino también la confianza de sus amigos, e incluso la continuidad de ciertas relaciones personales, por algo tan banal como rodar un cortometraje. Para ellos ese cortometraje era un paso adelante hacia sus sueños. Pero la experiencia se asemejó mucho más a una pesadilla. Está claro que nos sobra pasión, nos sobra empuje, nos sobran ganas. Pero tal vez necesitamos calibrar mejor, pararnos a pensar si podemos asumir ciertos riesgos, no dar palos de ciego. Y sobre todo, mentalizarnos de que si no lo conseguimos, no nos convertimos automáticamente en unos fracasados. El fracaso nos da miedo. Y el miedo nos atenaza, nos ahoga, y nos impulsa a hacer cosas que no haríamos en condiciones normales. Si nos da miedo no cumplir nuestros sueños, si asociamos eso con el fracaso, estamos acabados. Nos habremos convertido en esclavos de nuestros sueños. Yo sigo persiguiendo los míos, pero no pienso hacerlo a cualquier precio. Ya no.