martes 3 de marzo de 2009

"The Wrestler", o el Rocky que nunca vimos

Cuando supe que Sylvester Stallone iba a rodar la sexta entrega de Rocky (titulada finalmente Rocky Balboa) pensé que estaríamos ante una gran película sobre el ocaso de los deportistas de élite, ese período de sus vidas donde se pasa de la gloria de ser idolatrados por miles o millones de fans al aterrizaje en el mundo terrenal, donde no siempre se puede vivir de las rentas (salvo que acabes como comentarista deportivo en calidad de experto). El inicio de Rocky Balboa era realmente prometedor, con un personaje más patético aún que cuando lo conocimos en la primera entrega de la saga, dándose cuenta de que lo mejor de su vida ya había pasado y tratando de hacer frente a una etapa final de sus días completamente solo (o lo que es peor aún, con su cuñado Paulie recordándole que sus días de gloria han pasado). No sé si por miedo, por perspectiva de negocio (quien sabe si llegara una nueva película de Rocky) o porque el mismo Stallone quiere aferrarse a sus días de gloria como estrella del cine de acción, Rocky Balboa acababa siguiendo el clásico esquema de las anteriores películas para que el personaje recuperase su dignidad en un épico combate final en el que, en esta ocasión, el oponente resultaba excesivamente descafeinado y nunca llegaba a estar a la altura de leyendas como Apollo Creed o Ivan Drago. Desde luego fue una decepción para mi.

Me da la sensación que el guionista Robert D. Siegel, prácticamente un novato ;-), tomó buena nota de la oportunidad que acababa de desperdiciar Stallone y se puso manos a la obra con un deporte que, aunque vive buenos momentos en la actualidad, tuvo su época más mediática en los años 80 (cuentan que estrellas como Hulk Hogan o Roddy Piper lloraron al verse reconocidos después de ver la película). En The Wrestler, Randy "The Ram" Robinson es un viejo luchador que no aprendió a pasar página en una vida que sin duda tuvo momentos más brillantes. Arruinado y abandonado por aquellas personas que algún día significaron algo para él, Randy se parece a Rocky en su carácter (es un bonachón que a pesar de liarse a mamporrazos en un ring, siempre tiene una sonrisa para cualquiera que se acerque a hablar con él), pero es mucho más radical en cuanto a su planteamiento de vida. Mientras Rocky intenta firmemente pasar página, Randy sigue manteniendo las costumbres del luchador que era cuando estaba en plena forma (frecuenta un local de striptease, consume esteroides y se pasa el día escuchando clásico heavy-metal). No es sólo que Randy sea incapaz de dejar atrás su pasado, es que además no quiere. Está literalmente anclado en los 80 (genial la secuencia del videojuego de WWF).

Intentar parar el tiempo es peligroso y muy absurdo. Más vale darse cuenta a tiempo, o uno puede quedarse cegado por las luces que te iluminan cuando estás en el centro del cuadrilátero. Cuando su cuerpo comienza a dar síntomas de agotamiento, Randy empieza a ser consciente de que su carrera deportiva debió acabar hace tiempo, cuando su dignidad aún estaba intacta. Sin embargo, al igual que Rocky, tendrá problemas para abandonar una actividad que al fin y al cabo, es lo único que se le ha dado bien en la vida. Estoy seguro de que a muchos deportistas de élite les pasa algo parecido cuando les llega la hora de la retirada. Darren Aronofsky nos propone un viaje por ese lado oscuro, esa decadencia que viene cuando el deportista ya no es atractivo para los seguidores, cuando las luces de los focos se dirigen a las jóvenes promesas y dejan de prestar atención a las viejas glorias.

No os la podeis perder..., especialmente los nostálgicos del heavy ochentero.

1 comentarios:

Fausto García dijo...

Tomo nota! Leído, y de acuerdo. Momentazo cuando sale en el último combate abriendo la cortina con el Sweet Child of Mine... Momentazo!