Las escapadas de fin de semana a la casa de mis padres en Asturias son realmente como los oasis que todo caminante del desierto sueña con encontrar. Un poco de deporte, un poco de playa, buena comida y el reencuentro con los amigos de adolescencia (sin duda alguna la etapa favorita de mi vida) suponen un cóctel con los mejores ingredientes para olvidarme de la vorágine estresante que me aguarda en Madrid (bueno vale, tampoco es para tanto lo de Madrid, pero este es mi blog y me quejo todo lo que me da la gana).
Entre las múltiples tareas lúdico festivas que me aguardaban había una que sin duda ha supuesto un reto nostálgico. Resulta que mis padres viven desde hace unos años en una casita. Así que el piso en el que me crié ha dejado de ser "nuestro hogar". Y el caso es que hay que ir haciendo limpieza de todo lo que en ese piso se encuentra. Como mi antigua habitación está llena de mis cosas (lógicamente) me toca revisar todo lo que tengo allí, y consecuentemente, deshacerme de muchos objetos. Y ahí vienen los problemas.
Esa habitación pasó a ser plenamente mía más o menos cuando yo cumplí 5 ó 6 años (si no recuerdo mal) emancipándome del yugo opresor que suponía dormir en la habitación de mi hermano. Por fin iba a tener intimidad. ¿Y para qué quiere intimidad un niño de 5 años? Pues para pasar miedo en las noches de tormenta, por ejemplo. Esa habitación ha sido testigo de toda mi infancia y adolescencia: las enfermedades que me obligaban a quedarme en cama sin ir al cole (míticas varicelas, sarampiones y demás); el primer Scalextric que le regalaron a mi hermano (por Reyes); mi etapa de radioaficionado pasando noches en vela charlando con los amigos a los que veía todos los días (sí, era absurdo, pero molaba); la llegada de mi primer ordenador (un Amstrad de cinta de 64 k con pantalla de fósforo verde); las alegrías y frustraciones de mi enamoradiza adolescencia; la creciente afición por el cine... Y un sinfín de cosas más, muchas de las cuales quedarán en un estricto pacto de silencio entre esa habitación y yo. En defintiva, lo que en esa habitación hay no son objetos y ropas que me han acompañado durante mucho tiempo. Lo que hay allí son, literalmente, trozos de mi vida.
Como os podeis imaginar uno no se deshace de todo eso en un par de horas (el tiempo que le dediqué este fin de semana), así que voy a necesitar varias excursiones a Asturias para lograrlo. He de hacerlo pero me costará tirar a la basura todas las cintas de VHS con mis películas favoritas (casi todas grabadas de Canal +), todos los juegos de ordenador (aquellos que tardaban diez minutos en cargarse como el Wec Le Mans, Kick off, Flying Shark, Arkanoid, Chase HQ y el legendario Oh Mummy), todas mis cintas de música (¿os acordais cuando las rebobinábamos con un boli de Bic para no gastar las pilas del walkman? ¿Os acordais de los walkman? ¿Y de los cascos con la espuma naranja? jajajaja), pósters (ojo, tengo aún uno de Commando), camisetas y objetos varios que aunque no te sirven de nada no los tiras hasta que te ves obligado.
También hay cosas que aunque sé que no sirven de nada, me resisto a meterlas en el cubo de basura: la colección de "El gran libro secreto de los Gnomos". Aprendí tanto gracias a los Gnomos, que me cuesta deshacerme de su gran libro secreto como si de un sucio kleenex se tratara. Confieso que de pequeño soñaba con descubrir que en mi habitación había gnomos, y que se escondían de mi porque pensaban que les haría daño. ¿Qué pasa? ¿Vosotros no habeis tenido infancia? Intuyo que si se lo paso a mis sobrinos lo miraran como si fuera un objeto de otro planeta, y hasta tal vez me lo tiren a la cara. Así que vislumbro un negro futuro para mis gnomos.
Reconozco que gran parte de las dos horas que estuve en mi habitación llena de recuerdos me las pasé mirando fotos. Obviamente no voy a tirar esos álbumes, pero cuando uno empieza a ver fotos de su vida, no puede parar. Allí estaban las de mi viaje de estudios de BUP a Grecia (en 1994), las de mi primer y segundo viaje a EE.UU. (1994 y 1999), las de mi Servicio Militar (1996), las de los rodajes de cortos en la universidad (1998), las de las Paellas de Arquitectura (1997)... Y más y más y más.
Y por supuesto las cartas. Ahí guardo toda la correspondencia (¿os acordais cuando había que escribir cartas y esperar varios días hasta que el destinatario las recibiera?) que me llegó a los distintos lugares que me servían de hospedaje desde que abandoné el lecho materno, allá por 1996 (ya, ya, me ha quedado muy pedante, pero repito que este es mi blog ¿algún problema?). Son muchas las personas que se tomaron la molestia de escribir unas líneas, meterlas en un sobre, pagar 35 pesetas y depositarlas en un buzón de correos. Y quiero dar las gracias a todos ellos. A muchos les he perdido la pista. Pero a la mayoría aún los conservo como muy buenos amigos. Me niego a tirar esas cartas (y eso que son un buen taco). Son demasiado valiosas a nivel sentimental. Algunas tan valiosas que casi me hicieron llorar cuando las volví a leer (esas quizás debería tirarlas... pero no puedo).
El tiempo pasa rápido, y a veces se nos olvida la intensidad con la que vivimos ciertos acontecimientos del pasado. Seguramente sea un mecanismo evolutivo para la pura supervivencia del individuo, una treta del cerebro para mirar siempre adelante, sin volver demasiado la vista atrás. Mi antigua habitación es como la sala en la que esos sentimientos vuelven al presente a modo de fantasmas de otro tiempo. Me tocará seguir con mi ardua tarea... qué pereza.
miércoles 10 de septiembre de 2008
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3 comentarios:
Yo también tengo alguna carta que me envió un tío desde Valencia con una especie de funda de plastica sin nada dentro y una entrada de gimnasio. Jajaja.
Carai vaya museo que tienes por ahí, sólo mencionar algunas cosas me pongo nostálgico hasta yo. Resulta que también tuve que hacer limpieza en su momento.
Salut...
PS: no quiero ni pensar en las fotos esas de las paellas, o las de los cortos...
Carri, toy enganchau a las Crónicas de Sarah Connor... MOLA QUE TE CAGAS. Mola más esta Sarah que la original, pero un cachu, ya me entiendes. Por otru lao, qué pena que no te haya visto esti finde. Joder, pero estuve muy liau de verdad.
p.d. Me debes un libru que quiero poner en mis nuevas estanterías...
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