llego tarde al colegio
sábado 3 de marzo de 2012
Hoy es un día especial
El caso es que aquel señor tan amable que llamó a nuestra puerta necesitó sólo unos pocos minutos para meterse en el salón de mi casa desplegando sus papeles y su verborrea. Lo que ofrecía no dejaba de ser interesante, al menos para mi madre. Resulta que una academia de idiomas procedente de Galicia estaba llevando a cabo un plan de expansión por Asturias, e iban a abrir una sucursal en mi pueblo. "Saber idiomas es muy importante, es el futuro" decía aquel señor. A mi madre ya le pillaba un poco tarde, pero por su experiencia como inmigrante en Suiza sabía que aquel señor tenía su parte de razón. Y ya por aquella época se decía que el inglés era el idioma del futuro, y que todo aquel que no supiera inglés estaría condenado a trabajar dentro de sus propias fronteras (como si aquello fuese una tragedia... ¡qué profético!). Mi madre nos miró entonces a mi hermano y a mi y nos preguntó si nos gustaría aprender inglés. Yo contaba por aquel entonces 9 años, y si bien es cierto que la idea de aprender idiomas me seducía, tampoco es que me apeteciera tener deberes extra al salir del colegio. Así que mi hermano y yo nos miramos y básicamente nos encogimos de hombros. Aquello debió ser tomado como un sí por mi madre ya que nos apuntó de inmediato. El señor comercial de la academia Royal College se fue más contento que unas pascuas. Había conseguido dos clientes en una sola casa.
Días más tarde, regresé a casa tras mi primer día de clase en la academia. Saludé a mi madre con escueto "hello!" y le dije cómo me llamaba y cuántos años tenía. En inglés, claro, ya que no era una información que mi madre necesitara que le recordara en castellano (ni tampoco en inglés, la verdad). Aquello fue todo lo que me enseñaron en mi primer día de clase. Lo cierto es que desde aquel día le cogí gusto al inglés. No se me dio nada mal y fui alumno de aquella academia durante nueve años.
Hoy trabajo para una empresa inglesa en la que nadie habla castellano. El trabajo lo hago desde mi propia casa y dada la situación laboral en estos tiempos me considero un auténtico privilegiado, pues además estoy haciendo algo relacionado con mis estudios y mi vocación (bueno, tampoco me odiéis). Y todo en inglés, claro. Así que después de todo, ya va siendo hora de agradecer a mi madre que fuera tan amable y condescendiente con aquel señor que vino a nuestra casa aquella tarde anónima de 1986.
Feliz cumpleaños mamá, dondequiera que estés.
lunes 30 de mayo de 2011
Recuerdos de Senna.
El domingo había una sensación extraña, como si todo el mundo quisiera que la carrera se acabara cuanto antes. Pero nada más empezar se produjo una nueva tragedia: uno de los coches quedó parado en la salida y otro le embistió por detrás. Lo cierto es que no recuerdo exactamente qué pilotos eran, pero sí recuerdo con bastante nitidez que una de las ruedas saltó por encima de las vallas e impactó contra la tribuna principal hiriendo a varios espectadores. Para entonces yo ya tenía claro que aquel fin de semana se recordaría como uno de los más trágicos de la historia de este deporte. Apenas unos minutos después, tras la reanudación de la carrera, Senna se estrellaba incomprensiblemente contra el muro de Tamburello. Lo único que recuerdo de aquellos minutos era que no podía despegarme de la pantalla del televisor a la vez que intentaba convencerme a mí mismo de que todo aquello no podía ser real. Deseaba que todo fuera un mal sueño del que despertaría de un momento a otro, mientras los médicos atendían a Ayrton Senna a pie de pista. Cubrieron la zona para evitar que las cámaras grabasen lo que ocurría. El recuerdo de Ratzenberger, con los médicos practicándole maniobras de resucitación sobre el asfalto, estaba demasiado fresco. Me negaba a creer que Ayrton Senna estuviera grave. Me negaba a creer lo que mis ojos estaban viendo. Al fin y al cabo, el choque había sido a gran velocidad, pero tampoco había sido frontal. Senna había impactado lateralmente, así que, aunque estaba claro que había perdido el conocimiento, no había motivos para ser alarmistas. Se lo llevaron urgentemente en helicóptero y no supimos más hasta varias horas después de finalizado el Gran Premio. Los peores temores se habían hecho realidad y Senna había fallecido. Yo seguía sin poder creerlo.
Que yo recuerde, desde bien pequeño siempre me gustó la Fórmula 1. En mi casa había mucha afición al mundo del motor y mi hermano me contagió la pasión por este deporte. Yo no me acuerdo de la famosa carrera de Mónaco en 1984 en la que Senna se dio a conocer a nivel mundial (era yo muy pequeño), pero sí recuerdo con bastante claridad lo mucho que me gustaba el Lotus Renault que Senna pilotó en 1985 y 1986. Era precioso, completamente negro, con la decoración (principalmente de John Player Special) en color dorado. A día de hoy, sigo pensando que es el monoplaza más bonito jamás construido. Me habría encantado verlo en pista, con mis propios ojos.
En 1987 mi padre nos llevó a ver el Gran Premio de España a Jerez. Senna seguía en Lotus, pero habían cambiado el patrocinador y ahora llevaba la publicidad íntegra de Camel (que por otro lado, hacía juego con su casco). Ni que decir tiene que mi afición por la Fórmula 1 se convirtió de pronto en una auténtica pasión. El ruido de aquellos coches, el ambiente de las carreras, las múltiples nacionalidades (tanto de pilotos como de aficionados) provocaron en mi un impacto tremendo. Yo sólo tenía 10 años, no era más que un niño, pero aquello hizo que, a día de hoy, siga permaneciendo fiel al Campeonato del Mundo de Fórmula 1. Aquellos últimos años de la década de los 80 fueron probablemente los más divertidos de la historia del deporte con pilotos tan carismáticos como Piquet, Rosberg, Mansell, Prost y el propio Senna. Poder decir hoy en día que yo vi pilotar a todas esas leyendas es algo de lo que me siento orgulloso.
Al año siguiente repetimos en Jerez, iniciando una especie de tradición familiar que continuó hasta que Cataluña se llevó el Gran Premio a Montmeló, en 1991. Allí estuvimos también (allí vi por primera vez a Michael Schumacher, quien había debutado ese mismo año en Bélgica, y cuya rebeldía y pilotaje agresivo me encandilaron de inmediato). En 1992 el calendario se modificó y el Gran Premio de España pasó de disputarse en Septiembre a hacerlo en Mayo. Así que en 1992 no fuimos a Montmeló, sino que fuimos al Gran Premio de Portugal, en Estoril, que se disputaba en Septiembre (y a mi padre le venía mejor por temas de vacaciones). Una de las imágenes imborrables de aquel Gran Premio fue el accidente de Ricardo Patresse en su Williams. Su monoplaza se levantó del suelo al tocar la rueda de otro coche e impactó contras las vallas de protección. Todo la grada se encogió del susto.
La experiencia en Portugal fue fantástica, y un año después decidimos ir al Gran Premio de Italia, disputado en Monza (y también en Septiembre). En aquella carrera también se vivió un escalofriante accidente de Christian Fittipaldi (muy similar al de Patresse en Portugal), que hizo un loop en el aire cuando entraba en meta. Aquel fue el último Gran Premio de Italia para Ayrton Senna. No es que fuera una carrera espectacular para él: en la primera curva (delante de nuestra tribuna) tuvo un toque con otro coche que casi le cuesta el abandono, y a mitad de carrera embistió a otro monoplaza en una frenada y tuvo que retirarse. Tras siete años seguidos asistiendo a los grandes premios, aquella sería la última vez que vería con mis propios ojos a Ayrton Senna.
Creo que con todo esto, uno se hace una idea más aproximada de lo que supone para mi el documental que el viernes pasado se estrenó en varios cines de España sobre la vida de Senna. Viéndolo recordaba todos aquellos años de mi pubertad y adolescencia, aquellos viajes interminables en coche para ir a los Grandes Premios, aquellas sensaciones que se habían arrinconado en alguna esquina de mi cerebro y que colapsaron el 1 de mayo de 1994. No es de extrañar por tanto, que algunas lágrimas brotaran de mis ojos durante varios (y emotivos) momentos del documental. De alguna forma, Senna ha formado parte de mi vida también.
Por otro lado, la película es excepcional en muchos aspectos. Para los aficionados a este deporte, es una oportunidad única ya que arroja algo de luz que ayuda a comprender mejor el deporte en aquellos años (las imágenes de los briefings son impagables) y también muestra en primera persona algunos de los momentos más famosos de la trayectoria de Senna (la reunión mantenida tras el Gran Premio de Japón de 1989 con los comisarios, o su reacción cuando vio el brutal accidente de Ratzenberger a través de los monitores del box de Williams). Además tiene el mérito de que todo el documental se apoya exclusivamente en imágenes de archivo, eludiendo entrevistas actuales y evitando introducir imágenes que no pertenezcan a aquella época. Incluso se ha obviado la figura de un narrador que guíe la historia, por lo que todo el desarrollo argumental se apoya únicamente en el montaje.
Por supuesto, esto no evita cierta manipulación por parte del director. La imagen que se da de Alain Prost, al auténtico némesis de Ayrton Senna, es molestamente simplista. Prost era un piloto excepcional, con virtudes no menos importantes que las que tenía Senna. Es obvio que sus caracteres eran diferentes, al igual que su forma de pilotar, pero eso no justifica que la imagen de Prost en el documental se reduzca a la de un villano celoso y manipulador que ponía la zancadilla a Senna siempre que podía. Algunas críticas dicen que la imagen de Senna se dulcifica en exceso. Yo no diría tanto (y prueba de ello es que se ha incluido una estupenda e incisiva entrevista que Sir Jackie Stewart le hizo a Senna), pero es cierto que Asif Kapadia (el director) ha presentado a Senna como el héroe (profundizando en sus raíces, en sus motivaciones, en su vida personal) mientras que presenta a Prost como el villano (mostrando sólo los aspectos más negativos de su carrera profesional, y no entrando nunca en aspectos personales). Senna no era un santo. Era un piloto agresivo, conflictivo, con una personalidad difícil, temerario en ocasiones, y que también contó con el apoyo de mucha gente del paddock (entre ellos Ron Dennis, quien no dudó en apoyarle frente a Alain Prost en 1989, y los patrones de Honda, que le adoraban como casi toda la afición japonesa). Pero tal vez precisamente por todas esas características y un sinfín de momentos para el recuerdo, Senna se ganó un sitio en el firmamento de la Fórmula 1. Y este documental lo atestigua. Vayan a verlo.
viernes 27 de mayo de 2011
15-M: no nos desesperemos.
Hace ya unos días que creo que las acampadas no son útiles. Cuanto más tiempo pasamos en ellas más indiferencia obtenemos por parte de la gente porque la situación pasa de ser algo excepcional a ser algo normal (se pierde la sorpresa). Sigo apoyando el movimiento 15M y sigo estando indignado, pero el cambio que promovemos no se logra en unos días, ni siquiera en unos meses y probablemente llevará años. La razón es que los cambios que pedimos deben ser apoyados por toda la sociedad antes de que se hagan efectivos (no cometamos nosotros el mismo error que cometen aquellos a quienes criticamos). Por desgracia, como hemos visto en las recientes elecciones, no toda la sociedad está de acuerdo con nosotros. Pero eso no quita que no debamos seguir manifestando nuestra indignación, pues es nuestra obligación informar de nuestras exigencias que, como todos sabemos, se limitan estrictamente a cosas de sentido común. Argumentos contundentes no nos faltan, y como muestra, un botón: ¿Por qué no hay una democracia real en España?
Si hay que manifestarse, salimos a la calle y nos manifestamos. Y exigimos explicaciones a nuestros gobernantes, que también es nuestro derecho y nuestra obligación como ciudadanos. Diversifiquemos nuestras actividades, sigamos haciendo ruido, que no piensen que nuestra indignación ha desaparecido. Pero no olvidemos que la calle no nos pertenece a nosotros. La calle es de todos, de quienes están con nosotros y de los que no. Seamos consecuentes, sigamos luchando, expongamos a nuestros amigos y familiares nuestra postura, nuestras ideas, en persona o a través de internet, como sea pero hagámoslo. La razón está de nuestro lado. En el fondo todos sabemos que no estamos diciendo ninguna tontería. Pero no nos olvidemos de una cosa: el cambio que exigimos llevará tiempo. Esto es una carrera de fondo, no conviene desfogarnos cuando aún estamos empezando.
jueves 3 de marzo de 2011
¿Por qué funciona El Barco?

Yo veo El Barco. Por suerte (o por desgracia) no soy el único (aunque lo mío es más curiosidad mórbida que otra cosa). Atendiendo a los datos de los medidores de audiencia (sí, esos que nunca he visto ni conozco a nadie que conozca a nadie que conozca a nadie que los haya visto) hay otros cuatro millones de espectadores que también ven la serie. Y al igual que vosotros, yo también me he hecho una pregunta: ¿por qué?
Vayamos por partes. La serie parte de una premisa, cuando menos, interesante: un experimento en el ya famoso acelerador de partículas de Ginebra, generó un agujero negro que absorbió varios miles de metros cúbicos de tierra, provocando un corrimiento de las placas tectónicas y dejando la superficie anegada por los océanos. Es decir, que no hay tierra por ningún sitio. De momento. La desgracia para la Humanidad es que los únicos supervivientes (insisto, de momento) son la tripulación del buque escuela Estrella Polar, y sus alumnos, un buen puñado de jóvenes (aproximadamente treinta) que supuestamente debían haber superado ya la edad del pavo. Supuestamente. En total, 42 personas a la deriva, cuya supervivencia depende, en gran medida, de que encuentren a otros humanos, o un pedazo de tierra.
Por otro lado, y siguiendo las pautas del más puro manual de estilo Globomedia (la productora de la serie), las tramas siguen los procesos amorosos y humanos de varios personajes, con sus celos, sus miedos, sus sacrificios y sus rupturas.
Cada capítulo de la serie se estructura alrededor de dos tramas principales, y dos secundarias (a veces, incluso tres secundarias). Entre las principales tenemos una trama episódica de corte científico que se resuelve al final de cada episodio. Las hay para todos los gustos y de todos los colores: una bandada de pájaros agresivos en busca de comida, un amanecer tardío que les lleva a pensar que la rotación terrestre ha variado, el descifrado de una caja negra recuperada de un avión estrellado, etc... Hay otra trama principal que narra la rivalidad entre Gamboa (el malo, malísimo) y Ulises (el joven seductor, pícaro pero bueno, buenísimo). Ambos se sienten atraídos por Ainhoa, la hija del capitán, con lo que el triángulo amoroso está servido (esto funciona desde el principio de los tiempos). Las tramas secundarias se centran en las parejas que se van formando entre los alumnos, y también en la relación (insufrible a mi modo de ver) entre el oficial del barco y la cocinera (la Juani de turno, cómo no).
Es decir, los cerebros de la serie se las han apañado para meter una mezcla de El Internado, Médico de Familia y Los Serrano, en un barco que se enfrenta al fin de la Humanidad. Está claro el porqué de su éxito ¿no? Aún así, vamos a desmenuzarlo un poco más.
Es prácticamente imposible que alguna franja de edad no se vea representada en la serie. Se le podría pedir a los guionistas que incluyeran un abuelo entre la tripulación, pero probablemente sería rizar el rizo. Por lo demás, tenemos todo lo necesario para triunfar. Y cuando digo todo lo necesario me refiero a conflictos: relaciones entre padres e hijos (con todos los consabidos tópicos, a pesar de estar en una situación de supervivencia extrema); relaciones amorosas y amistosas entre jóvenes (guapos, engreídos, pero buena gente en general); relaciones amorosas y amistosas entre adultos (porque ahora, más que nunca, tienen derecho a una segunda oportunidad... y a comportarse como adolescentes en plena efervescencia hormonal); enfrentamiento permanente entre el bueno y el malo (porque mira que es malo el malo); situación de tensión permanente al borde de la muerte (en cada capítulo se pone a prueba la supervivencia del grupo y se enfrentan en conjunto a la muerte).
MONTAJE ALTERNO
La palabra clave en El Barco es "tensión". La trama principal se encarga de mantener el conflicto episódico para seguir tirando de las tramas secundarias y avanzar en el triángulo amoroso Ulises-Ainhoa-Gamboa. Pero además, los guiones de El Barco juegan sus bazas con un constante montaje alterno (en ocasiones excesivo). El montaje alterno permite, por sí solo, crear tensión y expectación en cualquier acción (incluso aunque la acción misma no sea interesante) al mostrar alternativamente dos acciones que ocurren al mismo tiempo pero en lugares diferentes. Es una técnica largamente utilizada en las series de nuestro país ya que ahorra costes al posibilitar la creación de secuencias que duran 8 minutos o más, dividiéndolas en cuatro fragmentos de dos minutos cada uno (que concluyen en tímidos "cliffhangers") entre los que se intercalan fragmentos de otras secuencias (que pueden ser igualmente tensas o totalmente intrascendentes). No olvidemos que los capítulos de El Barco (y de casi todas las series en España) duran 75 minutazos. Y claro, el montaje alterno ayuda un poco.
Por ejemplo, en el capítulo 7 de El Barco, hay una secuencia cuya acción es: Ulises y su padre rescatan del mar el cadáver de uno de los alumnos. A primera vista parece sencillo y sin tensión ¿verdad? Pues bien, los guionistas crearon tensión dividiendo toda la secuencia en pequeños fragmentos que se presentaron así:
1-Ulises y su padre divisan un cadáver en el agua (chán-chán)... nos vamos a otra secuencia y al volver...
2-Ulises y su padre se suben a una motora para recoger el cadáver (chán-chán-chán)... nos vamos de nuevo a otra secuencia y al volver...
3-Ulises y su padre llegan hasta el cadáver y descubren que es uno de los alumnos (algo que el espectador ya sabía... chán-chán-chán-chán)... otra vez nos vamos a otra secuencia y al volver...
4-el padre de Ulises intenta reanimar al chaval, pero es inútil, debe asumir que ha muerto (chán-tachán-tachán-tachán).
Así pues, una secuencia que podría haber durado unos tres o cuatro minutos, con un único cliffhanger al final, se dilata hasta que dura unos ocho minutos, dejando el suspense en lo alto en cada uno de sus fragmentos, y provocando en el espectador la necesidad de saber qué pasará. No es que hayan descubierto el fuego, pero una vez más, funciona. Y es una constante en la serie. Tan constante que a mi juicio abusan de ello.
Aparte del guión, habría que añadir otros aspectos como una buena realización (sin ser nada del otro mundo, es efectiva), un elenco de actores más o menos carismáticos (más los jóvenes que los adultos) y lo que parece ser un aumento de temperatura en la superficie terrestre tras el accidente del agujero negro, que "obliga" a los protagonistas a ir ligeritos de ropa.
Así pues ¿por qué funciona El Barco? Bajo mi punto de vista, porque hay tensión. Se trata de un grupo de personas encerrados en un barco y enfrentados al fin del mundo en una carrera contrarreloj por la supervivencia. Si además le añadimos los conflictos amorosos, una escaleta que es capaz de generar expectación hasta en los momentos más livianos, y un producto sin complejos con el único objetivo de entretener a la audiencia, tenemos ante nosotros una serie de éxito. Además siempre están quienes la ven para reírse de los absurdos comportamientos de los personajes, para señalar los múltiples agujeros de guión, o para mofarse de la incongruencia de algunos planteamientos. Para todos ellos también está pensada la serie. El caso es que la vean.
sábado 29 de enero de 2011
Esclavos de nuestros sueños
No estoy seguro de que las generaciones anteriores a la mía hayan tenido esta misión vital (o necesidad) de perseguir sus sueños. Yo diría que estaban tan preocupados por sobrevivir, por tener un techo bajo el que dormir, y algo que llevarse a la boca, que sencillamente no podían permitirse el lujo de pensar cómo podían hacer realidad sus sueños. Pero soñaban, eso seguro. El problema al que nos enfrentamos hoy en día es que, como crecimos en un entorno en el que no nos faltaba de nada, en el que la supervivencia estaba asegurada, nos pusimos un objetivo mucho más ambicioso que el de nuestros padres: ya no queríamos sólo trabajar y ganar dinero (eso ya lo habían conseguido ellos), sino hacerlo además en aquello que nos proporcionara una satisfacción personal e intelectual. Es decir, en aquello que nos apasionara. No importaba si trabajábamos gratis una temporada, no importaba si teníamos que hacer horas extra sin cobrarlas, no importaba si teníamos que someternos a alguna que otra humillación de vez en cuando. Lo importante era que al final pudiéramos mirar al mundo y decirle: lo conseguí, hice realidad mi sueño, trabajo en aquello que me apasiona. En otras palabras, nos convertimos en un chollo para el feroz mundo empresarial. En nuestra ambición por imitar a nuestros ídolos, seguimos sus pasos sin darnos cuenta de que, para que uno de esas estrellas triunfara, muchos otros candidatos tuvieron que quedarse en el camino. Ah no, nadie nos contó qué pasaba con los que fracasaban.
La situación es la siguiente. Hay una masa ingente de jóvenes (y no tan jóvenes) sobradamente cualificados que están dispuestos a rebajar parte de su dignidad (como trabajadores, y como personas) para alcanzar su ansiada meta. Los empresarios, los productores, y todo aquel que tiene poder de contratación, lo sabe. Ellos ni siquiera tienen que ponernos una zanahoria delante para que corramos tras ella. Nos la hemos puesto nosotros mismos. Pero lo que sí hacen es poner la zanahoria cada vez más lejos. Y nosotros, incautos, seguimos creyendo que si corremos más, acabaremos cogiéndola. Firmamos contratos basura, trabajamos gratis, hipotecamos nuestra vida. Todo por seguir en la brecha, por no quedarnos fuera, por permanecer en la carrera para conseguir nuestros sueños.
En los últimos meses he podido trabajar con gente que ponía en juego no sólo su dinero (mucho dinero ganado a pulso y con esfuerzo), sino también la confianza de sus amigos, e incluso la continuidad de ciertas relaciones personales, por algo tan banal como rodar un cortometraje. Para ellos ese cortometraje era un paso adelante hacia sus sueños. Pero la experiencia se asemejó mucho más a una pesadilla. Está claro que nos sobra pasión, nos sobra empuje, nos sobran ganas. Pero tal vez necesitamos calibrar mejor, pararnos a pensar si podemos asumir ciertos riesgos, no dar palos de ciego. Y sobre todo, mentalizarnos de que si no lo conseguimos, no nos convertimos automáticamente en unos fracasados. El fracaso nos da miedo. Y el miedo nos atenaza, nos ahoga, y nos impulsa a hacer cosas que no haríamos en condiciones normales. Si nos da miedo no cumplir nuestros sueños, si asociamos eso con el fracaso, estamos acabados. Nos habremos convertido en esclavos de nuestros sueños. Yo sigo persiguiendo los míos, pero no pienso hacerlo a cualquier precio. Ya no.
jueves 10 de junio de 2010
Hot tub time machine
El caso es que cada vez que oigo algo sobre historias con viajes en el tiempo inmediatamente me pica la curiosidad. Esa es la principal razón por la que ayer fui a ver Jacuzzi al pasado (penosa traducción de Hot tub time machine en un intento por hacer evocar el título de Regreso al Futuro). Desde la primera vez que oí hablar sobre esta película me hizo gracia lo absurdo de su planteamiento inicial: un grupo de viejos amigos deciden revivir sus experiencias adolescentes pasando el fin de semana en el hotel de montaña al que solían ir a esquiar en sus locos años de juventud. El problema viene cuando se meten en el jacuzzi y son transportados hasta el año 1986 para revivir un fin de semana en el que pasaron demasiadas cosas. Por supuesto, ahora tendrán la oportunidad de cambiar los acontecimientos y enmendar sus desastrosas vidas, pero ese objetivo resultará de todo menos facil.
A partir de ahí la historia es una sucesión de chistes tipo caca-culo-pedo-pis mucho menos interesante de lo que prometía en un principio. Se pierde una oportunidad de oro: hacer una auténtica parodia de las películas de los años 80. Y es una lástima porque el film tiene todos los elementos necesarios para conseguirlo. Hay unos malos de libro (patriotas hasta la muerte y con miedo a una invasión rusa), una situación tópicamente ochentera (una estación de esquí donde las hormonas brotan por sí solas), una música retro junto a un look ochentero muy logrado y alguna que otra aparición legendaria (Chevy Chase y Crispin "McFly" Glover entre otros).Y sin embargo el espíritu de American Pie se encarga de estropear algo que podría haber sido la madre de todas las comedias para quienes devorábamos las cintas VHS del videoclub como si no hubiera un mañana. En concreto, Jacuzzi al Pasado me traía a la memoria una película de 1984 titulada Hot Dog. ¿A alguien más le suena? Aún así, en Jacuzzi... hay algún momento memorable que no arruinaré aquí, además de referencias fílmicas para los más acérrimos fans de los viajes en el tiempo. El homenaje a Regreso al Futuro es constante hasta el punto de copiar literalmente una de sus secuencias más conocidas.
En resumen, sólo recomendaría esta película a aquellos que ya hayais cumplido la treintena. Los que no seais tan... adultos, no comprenderíais la mitad de los chistes. Y los que comprenderíais no valen la pena, os lo aseguro.Sólo una última reflexión. En Regreso al Futuro el protagonista ayuda a sus padres a cambiar sus vidas, pero él se mantenía igual, no había un gran cambio en su vida. En Jacuzzi al Pasado son los protagonistas quienes quieren cambiar sus propias vidas para mejorarlas. Me da por pensar (otra vez) que los jóvenes en los 80 creíamos que nuestras vidas eran perfectas y no necesitábamos cambios. Y sin embargo, al crecer nos damos cuenta de que no todo era tan bonito. Resultaría muy jugoso tener la oportunidad de cambiar algo de tu propio pasado ¿verdad?
miércoles 2 de junio de 2010
Two Lovers
Ayer vi Two Lovers. La historia me llamaba bastante la atención y sólo hizo falta que un par de amigos alabaran la película para decidirme a ir a verla. No me defraudó. Me encantó. A pesar de algunas cosillas, me pareció una historia sobrecogedora. Aunque creo que es una de esas películas que, o te encantan, o acabas echando pestes de ella.
Two Lovers está dirigida por James Gray y narra la historia de Leonard Kraditor, un tipo complejo (Joaquin Phoenix lo borda) que ha quedado marcado por la infructuosa relación amorosa de una mujer con la que llegó a estar comprometido. Leonard siente que es incapaz de volver a amar, y eso le ha llevado a intentar suicidarse en varias ocasiones.Pero su vida cambia cuando conoce a dos mujeres prácticamente al mismo tiempo. Por un lado está Sandra Cohen (Vinessa Shaw), que representa la estabilidad emocional y económica. Es hija de un hombre de negocios que quiere comprar la empresa del padre de Leonard y hacerle encargado de un negocio que promete muchos beneficios.
Por otro lado está Michelle Raush (Gwyneth Paltrow), una vecina recién mudada a su bloque de apartamentos que representa la emoción, la improvisación, la incertidumbre. Una chica arruinada, que va dando tumbos por la vida sin un destino concreto, sin mirar más allá del espacio que puede controlar.
La dualidad está servida. Y el debate también. ¿Qué queremos, una vida llena de emociones hasta el final, (aún sabiendo que el final puede ser doloroso) o una vida tranquila, con alguien que nos ama sin contemplaciones pero en cuyo horizonte no se presenta más emoción que la que puede suponer cambiarle los pañales a un bebé?
Algo de esto hay también en Up in the air, la estupenda película protagonizada por George Clooney. Y también veo algo parecido en Juegos Secretos, una de mis películas favoritas. Y pienso si todo esto es un síntoma del mal de nuestra generación: la ansiedad. Seamos sinceros, somos una generación que ha tenido siempre lo que ha querido. Nos dijeron que podíamos ser cualquier cosa, que podíamos convertirnos en lo que quisieramos. Y sin saberlo, esa opción siempre abierta a elegir, a hacer lo que más nos apetecía, tenía otro lado que estamos descubriendo ahora. Y es que siempre hay que renunciar a algo. Siempre se pierde algo, no lo podemos tener todo. Bajo mi punto de vista se pueden hacer dos cosas llegados a este punto: lamentar eternamente lo que hemos perdido con la elección que hemos hecho, o mirar alrededor y fijarnos en todo lo que hemos ganado. El problema es que no sabemos lo que queremos. Queremos una vida plena, llena de emociones, pero también queremos una estabilidad. Lo queremos todo. No queremos renunciar a nada. Y así nos va. Porque aún no hemos aprendido que por mucho que nos empeñemos, las cosas no siempre salen como queremos. No tenemos tanto control sobre nuestras vidas como nos habían hecho creer. Y sin embargo, hay que seguir jugando...
